(…)
Fomentar la lectura y la escritura es una tarea de la educación humanista que resulta más fácil de elogiar que de llevar eficazmente a la práctica. En esta ocasión, como en otras, el exceso de celo puede ser contraproducente y se logra a veces hacer aborrecer la lectura convirtiéndola en obligación, en lugar de contagiarla como un placer.
(…)
También Daniel Pennac, en Como una novela, y Salvador García Jiménez, en su desenfadado El hombre que se volvió loco leyendo «El Quijote», ofrecen convenientes preservativos contra la promulgación de la lectura por decreto y su proscripción doctoral como placer furtivo, asilvestrado. Que es la única recompensa de la lectura que merece la pena, naturalmente.
¿Humanidades, en fin? Sólo hay una en el fondo y la descripción de esa asignatura total haremos mejor pidiéndosela al poeta que al pedagogo:
Vívela en la calle
y en el silencio de tu biblioteca.
Vívela con los demás, que son las únicas
pistas que tienes para conocerte.
Vive la vida en esos barrios pobres
hechos para la droga o el desahucio
y en los grises palacios de los ricos.
Vive la vida con sus alegrías
incomprensibles, con sus decepciones
(casi siempre excesivas), con su vértigo.
Vívela en madrugadas infelices
o en mañanas gloriosas, a caballo
por ciudades en ruinas o por selvas
contaminadas o por paraísos,
sin mirar hacia atrás.
Vive la vida.
(Luis ALBERTO DE CUENCA,
«Por fuertes y fronteras»)
Hoy es un día especial.
Llegaste al mundo, y comencé a existir.
Sin embargo,
mi existencia comienza en dos fechas distintas e iguales la vez.
A la distancia el tiempo no es más que un suspiro.
Evoco mis ilusiones asidas a sus pequeñas manos,
y aun miro nuestros sueños colgados a cada estrella...
Siempre serán mis pequeñas niñas en mi viejo corazón.